La herradura, símbolo de protección

Según la tradición, Dunstan, herrero de profesión pero que llegaría a ser arzobispo de Canterbury en el año 959, era conocido por su destreza en la forja y su devoción a la fe cristiana, así fue como su taller se convirtió en un símbolo de integridad y virtud. 

La leyenda toma un giro inesperado cuando el Diablo visita a Dunstan en forma de un hombre astuto. El Diablo, disfrazado, solicita una herradura para su casco. Sin embargo, el herrero, que poseía una aguda intuición, reconoció inmediatamente a Satanás en su cliente, y le explicó que, para realizar su tarea, era forzoso encadenar al hombre a la pared.

Deliberadamente procuró que su trabajo resultara doloroso, en lugar de crear una herradura común, forjó una herradura especial con un asta afilada y, con un acto de fe y valentía, la clavó en la pata del Diablo.

Dunstan se negó a soltarlo hasta que el diablo juró solemnemente no entrar nunca en una casa donde hubiera una herradura colgada sobre la puerta.

El Diablo, aullando de dolor y humillación, prometió no volver a molestar a Dunstan y huyó de su taller, no atreviéndose nunca más a cruzar su camino. Esta hazaña se convirtió en un acto heroico y en una victoria del bien sobre el mal.

La herradura, a lo largo de la historia, ha sido considerada un símbolo de protección y buena suerte. Se cuelga en las puertas de las casas para evitar la entrada de espíritus malignos y atraer la fortuna.

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